Amantes… de la adrenalina
La infidelidad es más común de lo que pensamos, y sobre todo de parte de los hombres. Pero nosotras no nos quedamos atrás; algunas encuestas muestran que hasta 40% de las mujeres incurre en esta práctica. Y bueno, eso dicen las estadísticas, pero ¿y las que se quedan calladitas y no lo dicen? Seguramente el porcentaje es mucho más grande del conocido.
Cuando una persona –lo mismo casada que soltera– se relaciona con un(a) casado(a) la ley denomina adulterio a esta práctica, que lo mismo puede ser eventual, circunstancial o generar toda una relación emocional de larga duración.
Casi todas las culturas repudian el adulterio, pues atenta contra la institución familiar, la integración de la familia, y en ocasiones contra la paternidad. La condena, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, ha provenido desde todos los ámbitos: moral, jurídico, religioso y social. En la antigüedad se cortaba una mano al infiel, y aun en nuestros días existen sociedades que castigan con crueldad el adulterio… de las mujeres.
Por regla general, la adúltera es objeto de mayor rechazo social. ¿A qué se debe esta discriminación?, porque el acto es el mismo, sea hombre o mujer quien lo realice, y como sea ambos están engañando y dañando a un tercero, sin tomar en cuenta otros muchos perjuicios morales y económicos que el fenómeno ocasiona a toda la familia.
En ellos –se dice– la infidelidad está en “su naturaleza”, es un atributo de su “masculinidad” y para eso cuentan con toda la permisividad de la sociedad patriarcal. ¡Vaya, hasta es alentada y se ve como una gracia! En cambio las mujeres infieles son doblemente condenadas; rompen el estereotipo impuesto de que la mujer es ante todo propiedad del señor, dedicada en cuerpo y alma a un solo hombre y a sus hijos. En las culturas más ferozmente patriarcales –y por lo mismo atrasadas– aún existe la infamante pena de la lapidación de mujeres; los periódicos dan cuenta de ella. Con seguridad, quienes toman la primera piedra también son desleales a sus parejas.
Nada se resuelve con la condena per se. En todo caso, habría que romper con prejuicios, y tomar en cuenta que el adulterio es una seria falta ética, en la que hombres y mujeres tendrán que ser medidos con la misma vara.
A estas consideraciones habría que agregar un nuevo elemento que nada tiene que ver con la moral, pero que acrecienta la reprobación de esa práctica. Se ha observado que la proliferación de enfermedades de transmisión sexual, en especial el sida, se da en situación de infidelidad. Las principales víctimas secundarias de este terrible mal son principalmente mujeres casadas cuyas parejas les transmiten el virus; a su vez éstas pueden infectar al producto de un embarazo.
Ésta es una razón muy poderosa para enfatizar el peligro de las relaciones extramaritales, más allá de las consideraciones morales conocidas. Desnuda, la infidelidad es un acto de deslealtad a un acuerdo tomado entre dos. Sin más vueltas.





