¡Socorro, me caso en diciembre!
Jamás dudaría de mi decisión de casarme con Vero, el ser más dulce que existe. Mi espanto proviene de haber descubierto (y sin pretender emular a un Rousseau) que la vida es simple, pero el ser humano la complica.
Esta historia comienza días atrás, una tarde en un banco de plaza frente a los lagos de Palermo, momento solemne en el que le pregunté a mi novia si quería casarse conmigo. Gracias a Dios ella me respondió un “¡sí!”. Mientras me besaba yo me vi parado frente a un juez de paz con mi único saco sport azul recibiendo de su mano la libreta roja.
Sabía que el trámite costaba sólo 20 pesos y como tengo el nuevo estatus argentino (el desesperante) me dije, “Luiggi, podés casarte”.
Todo lo que vino después se parece a esas películas estadunidenses en las que el tipo aprieta un botón y desata un maremoto. Aún no habíamos dejado ese bucólico paisaje cuando desde su colorido teléfono celular le contó a mi futura suegra que yo acababa de declararme. De inmediato cortó y con una sonrisa de oreja a oreja exclamó: “¡mami nos regala la fiesta!”.
“¿La fiesta? ¿Qué fiesta? ¿Me tengo que vestir de pingüino?”, grité. Y ella llevándome del brazo por el pasto a toda velocidad, comenzó a enumerar: “mi amor, no entendés nada; hay mucho que pensar, ver qué registro civil nos toca, elegir la iglesia, buscar los testigos, yo tengo que hacerme el vestido de novia, confeccionar la lista de invitados, y ambos debemos decidir dónde pasaremos la noche de bodas y la luna de miel”.
“¿Todo eso? … ¡Yo sólo quería casarme!…”, murmuré aterrorizado, mientras ella seguía hablándome de tarjetas, sobres, suvenires, las flores, el catering, el disc-jockey, el auto antiguo, la gran torta, el análisis de sangre, el certificado de bautismo, los anillos, el coiffeur, la maquilladora, el fotógrafo y dónde sentar a los ex maridos y las ex mujeres y la gente que sabemos que se tiene bronca.
Pocas horas después estábamos sentados en una aula de parroquia, entre muchas parejas, escuchando a un médico darnos la charla obligatoria para futuros matrimonios. Ahí me quedó bien claro que para tener relaciones sexuales sin anticonceptivos y no quedar embarazados, según el método Billings hay que esperar que ella esté resfriada porque tiene que largar un moco.
Desde entonces, cada vez que veo a mi amada recordar que organizar un casamiento ocasiona más estrés que la muerte de un ser querido, recuerdo el final de una película que un canal porteño emite todas navidades, en la cual meten preso a un anciano porque afirma ser Papá Noel. Casi sobre el final de ese filme una pareja se casa delante de un sacerdote, con dos testigos ocasionales que encuentran en la calle y a los que les piden el favor de presenciar la ceremonia. El párroco sin demasiadas vueltas les da el sacramento; ellos se besan y se van. Por el resto de mi ingenua existencia me seguiré preguntando: “¿para qué más?”.





